miércoles, 17 de junio de 2009

EL Relato de Raúl

Raúl Pereda es un anciano de 79 años, este simpático personaje con vitalidad y sueños en la vida que uno termina por envidiarlo y a la vez agarrarle cariño se encuentra actualmente en el asilo de “La Residencia de las Hermanitas para Ancianos Desamparados”, en nuestra excursión tuve el agrado de conocerlo e indagar sobre sus anhelos y preocupaciones.

Sus ojos vivaces, pómulos salidos, arrugas en el rostro son representaciones de una vida dura, cuerpo encorvado como si cargara el trajín de toda una vida melancólica, son todos los adjetivos que se le puede asentar a este locuaz longevo.

Por otro lado con una carga que lo atormenta, sentado en la banca del patio espera con una mirada de esperanza por largo tiempo a su familia que hace varios años lo tienen olvidado entre las demás almas que tienen un pesar caminar y los muros de piedra con aspecto imponente como si nada la pudiera atravesar.

Actualmente “Raulito” o como sus amigos lo llaman “Raulo”, padece de osteoporosis enfermedad que combinado con este clima frío hace que la mayoría de sus noches se sienta solo y adolorido. Pese a esto, no es impedimento para que sonría cada mañana y divierta a los demás haciendo chistes y cantando uno que otro vals criollo que recuerda vagamente….

“¡Oh! Lima, tan hermosa, te brindo esta canción de
alegre melodía, vibrante de emoción, pues siempre tu
fragancia se impregna en nuestras almas,
y aunque de ti me aleje, se queda el corazón.”

Un poco agitado después de ese memorable vals cuyo autor se extravía en la memoria, se dispuso a contarme un poco más de su vida como es que llegó al monasterio, el cual tiene aspecto colosal, novicias por doquier y un mar de personas que pareciera volvieron al estado tal cual llegaron al mundo, indefensos, frágiles, con la mirada perdida en el vacío y con la necesidad de recibir cariño y afecto.

En aquel momento sentí como un escalofrío y emoción recorrió mi cuerpo, acentuado al ambiente lúgubre que envolvía al imponente monasterio tornándolo en un escenario tenebroso y a la vez atrayente.



“Raulito”, entre jadeos comenta ser padre de dos hijos, ambos mayores; afirma no saber nada de ellos hace más de ocho años, tiempo que se ha tornado una tortura diaria al esperar sentado en la banca del patio pensando en lo feliz que sería si tan solo pudiera besarlos y abrazarlos nuevamente.

Todo en su vida fue sufrimiento??? conversando en medio de la tarde fría expresó: “hijo, yo he vivido como ningún otro lo ha hecho”, en ese entonces no entendí lo que quiso decir hasta cuando agregó “He experimentado lo que es el amor cosa que muchos lo confunden con ilusión, experimente lo que es necesitar de una persona y ser necesitado, lamentablemente ella falleció, tal vez no tuve dinero necesario pero se vio equilibrado con lo espiritual”, hizo una pausa, vi como sus ojos vivaces se tornaron brillosos y melancólicos al recordar algunos momentos de felicidad en compañía de su amada e hijos.
Para amenizar un poco la situación, traté de hablar sobre los valses y es que apenas mencionas la palabra vals comienza hablar de esto y aquello todo referente a los grandes músicos peruanos de este género.

Ya se hacía tarde estaba contento por haberme topado con esta gran alma que me hizo recordar que no todo lo primordial es material, que lo superficial sólo dura un tiempo y lo que queda es la matriz de ello, lo original, lo que nadie te puede quitar, tú como persona. Es así que en medio de este gran monasterio, el tiempo se acabó para mí, me despedí con un fuerte apretón de manos y me dirigí hacia las puertas colosales que se cerraban mientras yo pasaba entre ellas, una figura menuda me extendía la mano en señal de despedida con eso ojos vivaces llenos de esperanza por volver a recibir una visita de sus hijos o de este intruso que irrumpió en su morada y que poco a poco en esta tarde fría se convirtió de cierta manera en su amigo.

Jonathan Valenzuela.

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